viernes, 6 de julio de 2012

Edward Hopper y la modernidad

Las tendencias en la primera mitad del siglo XX caracterizaron a Estados Unidos como un país de vanguardias. En el mismo marco que el cubismo o el fauvismo en Europa, y el arte abstracto en su país, Edward Hopper (1882-1967) adopta un lenguaje clásico, realista. No era un pintor moderno, es más, vendió su primera obra, una acuarela llamada Velero, con algo más de treinta años (1913); al año siguiente vendió La Mansarda al Museo de Brooklyn. La siguiente venta no llegaría hasta que el pintor cumpliera 43 años. Alejado de modas y galeristas, trabajó como ilustrador para revistas y carteles. 


Debemos enmarcar a Hopper en la Nueva York de entreguerras, en la Gran Depresión. Los artistas apostaban por un arte no figurativo, o bien, por retratar victoriosos desfiles de un país que vivía una época compleja. Hopper fue visto por muchos como un pintor afrancesado en gustos, su estética era difícil de comprender por el americano medio. Curiosamente hoy lo vemos como un pintor estadounidense que retrataba su sociedad. 


Sus influencias se remontan al impresionismo francés (Renoir) e incluso a pintores españoles como Goya. Su lenguaje formal se apoya en varios puntos: el desnudo (su modelo: Josephine, su mujer), la soledad, la naturaleza, la quietud de escenarios urbanos, la luz, y ese punto de fuga que nos recuerda al cine. Su evidente estética impresionista es visible en sus obras tempranas: Soir Bleu (1914) es para muchos su primera obra destacada. En el lienzo se autorretrata como clown en un ambiente circense.





Para su formación fue fundamental el paso por el estudio del pintor Robert Henri, inspirador del movimiento Ash Can, movimiento que narraba de manera realista las escenas cotidianas de la Gran Manzana.

Su primera etapa la compone obras como Soir Bleu, Casa junto a la vía del tren (ese caserón que Hitchcock recreó para Psicosis), que fue el inicio de la Colección de Arte Contemporáneo del MoMA de Nueva York. Su etapa madura muestra los paisajes silenciosos, donde el personaje o la pareja solitaria aparece limitada por el encuadre, haciendo que el espectador se posicione como voyeaur: Dos en el patio de butacas, Oficina en Nueva York, El Loop del Puente de Manhattan...

















En su última obra, Dos cómicos (1966), aparecen dos actores, hombre y mujer, Hopper y Josephine, despidiéndose de un público que no vemos. 


El Museo Thyssen expone hasta el 16 de septiembre una retrospectiva del pintor con 73 obras. Cita ineludible. Echaremos de menos su Nighthawks, que a pesar de la mediación del embajador de Estados Unidos en España, se ha quedado en el Museo de Chicago.




2 comentarios:

  1. Me encanta la cantidad de cosas que se aprenden en éste blog. Genial Hopper!

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias Mia, es todo un placer leer comentarios así :)

    ResponderEliminar